Política | Milei con Netanyahu y Peter Thiel

Entre el círculo rojo y el tecnocapitalismo

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Alberto López Girondo

Mientras el establishment se preocupa por la «fragilidad» de la gestión oficial, el presidente profundiza su alineamiento con Estados Unidos e Israel y sintoniza con empresarios globales que difunden prédicas antidemocráticas.

Casa Rosada. Milei recibió a Thiel y sus asesores, junto con el canciller Pablo Quirno.

Foto: @OPRArgentina

La semana pintaba complicada y se inició con un muy sugestivo editorial de La Nación. El diario nacido entre las cenizas de la guerra contra el Paraguay de Solano López, en 1870, se vio en la necesidad de advertir el pasado domingo sobre el riesgo que se corre si la experiencia anarcocapitalista naufraga y pide «evitar que el populismo aplauda de pie su abandono, como en 2001, para recuperar poder y financiar desmesuras».

https://www.lanacion.com.ar/editoriales/preservar-el-programa-proteger-a-milei-nid19042026

El texto, en tono pastoral, resalta que hoy día «existe una oportunidad de cambiar el rumbo», pero puntualiza que el Gobierno tiene una «fragilidad política que aún amenaza su gestión». La Nación reconoce que hay pymes que «sufren los dolores de la conversión» al modelo que llama a defender, pero recalca que para que «Argentina complete con éxito su “camino de Santiago” se necesitan aún consensos políticos, reformas en las provincias y municipios y ganar la llamada batalla cultural para que el mérito, el esfuerzo y el premio sean valores compartidos».

El mensaje se difunde en un momento en que amplios sectores de la oposición están queriendo armar un frente antimileísta y el expresidente Mauricio Macri se muestra como opción centroderechista. Otro que está intentando saltar la encerrona del momento es el empresario italiano Paolo Rocca, titular del grupo Techint, quien mantuvo encuentros con Macri y con el gobernador de Santa Fe, el radical Maximiliano Pullaro.

El dato no es que uno de los empresarios más poderosos del país se junte con dirigentes políticos, sino que se lo difunda como un hecho destacable. Será que desde los ataques de Milei a «Don Chatarrín», el magnate quiere mostrar que lo suyo no son solo «fierros». Lo mostró en Brasil junto a Lula da Silva al inaugurar una escuela industrial, el 6 de marzo. Lo quiere mostrar ahora, intentando armar un frente de derecha «racional», sin mácula peronista.

Día de la independencia
El presidente, a todo esto, estaba en Israel para celebrar como propio el Día de la Independencia de ese país, donde se exhibió como un showman y en una exposición en la Universidad Bar-Ilán –donde le entregaron su segundo doctorado honoris causa– lanzó una frase que endulzó los oídos de Benjamin Netanyahu y de todos los supremacistas libertarios del planeta: «Con determinadas culturas no vamos a poder convivir».

Allí habló de su otro berretín, la prensa. «Gran parte del periodismo juega para las fuerzas del mal –dijo–. El otro día, en la charla con mi queridísimo amigo Bibi [Netanyahu], hablábamos de cómo tenemos que vivir y soportar las mentiras, las calumnias, injurias del periodismo de una manera violenta». Quien lo retrató muy bien en los medios israelíes fue Yoana Gonen, en el diario Haaretz, quien afirmó que lo tienen como un gran amigo de Israel porque «proporciona a los israelíes el producto más codiciado por todos: validación externa». El artículo detalla, con todo, aspectos de la política de Milei que en Argentina resultan inocultables, pero en el exterior todavía no tanto: «Se trata de un hombre que se vende como un mago libertario, pero en la práctica profundizó la recesión, agravó el desempleo y se salvó de una bancarrota nacional solo gracias a la ayuda de decenas de miles de millones de dólares por parte de la administración Trump y del Fondo Monetario Internacional».

Esos dos aspectos que destacan al mandatario argentino salieron a la luz ni bien regresó a Buenos Aires. El jueves los periodistas acreditados en la Casa Rosada se desayunaron con que tenían vedado el ingreso. El argumento fue que dos colegas del canal TN habían filmado en los pasillos del edificio subrepticiamente y el jefe de la Casa Militar, a cargo de la seguridad, recomendó esa medida y además denunció por espionaje a Luciana Geuna e Ignacio Salerno.

No se necesita mucho para que Milei declare su ira contra algún periodista, al punto que insiste en que «el 95% son delincuentes». Geuna es quien que en la campaña presidencial le preguntó si creía en la democracia y no logró una respuesta afirmativa. Tampoco negativa, pero el circunloquio que dio sobre el teorema de Arrow fue toda una definición.

Este mismo viernes, recibió en su despacho al tecnocapitalista extremo Peter Thiel, que en su haber tiene haber fundado varias empresas, entre ellas Palantir, que mantiene contratos astronómicamente millonarios con el Gobierno de Estados Unidos, de Israel y de Francia para vigilar, controlar y establecer objetivos bélicos. Los algoritmos de la firma son claves para la ofensiva de Israel en Gaza y Líbano, con la brutalidad que se conoce. Esta semana, Palantir, que ahora dirige Alex Karp, otro supremacista, publicó un documento en el que propugna la construcción de lo que el exministro de Economía griego Yanis Varoufakis llama tecnofeudalismo.

El primero de los 22 puntos de ese manifiesto dice: «Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La elite ingenieril tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación». Es decir, que si no fuera por «la mano visible del Estado», las plataformas desarrolladas en ese valle de California no hubieran tenido un lugar bajo el sol.

Thiel considera que la democracia es un obstáculo para el desarrollo tecnológico, aboga por una oligarquía iluminada que domine el mundo y sostiene que hay civilizaciones superiores y otras inferiores. «Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas», dice el punto 21 del manifiesto al que seguramente desde Buenos Aires le dio enter para su difusión. Y en eso coincide 100% con Milei, que tampoco cree que la democracia sea un valor y se lo demostró cercenando el trabajo periodístico como obsequio a la visita.

¿A qué vino Thiel?, se preguntan todos. Algunos deslizaron que a ver cómo está funcionando el modelo paleolibertario que él propugna, habida cuenta de que compró una lujosa residencia en el Barrio Parque de la Ciudad de Buenos aires, donde vivir con su esposo Matt Danzeisen, y sus hijos, por lo que la cosa no parece transitoria. Desde fuentes oficiales se dice que vino a hacer negocios en la agroindustria. Otros que a firmar contratos para la vigilancia y control de la sociedad argentina en momentos en que ese modelo parece trastabillar.

Un tipo de operaciones como las que pueden imaginarse de las huestes de Theil y Karp fueron reconocidas en su momento por el CEO de Cambridge Analytica, Alexander Nix ante el Parlamento británico, y habrían sido clave para el triunfo de Macri en 2015. Thiel, ¿se establecerá en la «Reina del Plata» para sostener con sus «artes» al amigo argentino o ya que está para el candidato de la extrema derecha que competirá con Lula da Silva en octubre?

Mientras tanto, la filtración de un mail interno del Pentágono menciona un supuesto castigo de Estados Unidos a aliados que le dieron la espalda en su aventura en Irán. Menciona el caso de las Malvinas y afirma que la Casa Blanca estaría analizando retirar el apoyo a la soberanía británica sobre las islas. Guillermo Carmona, exdiputado y exsecretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur en la Cancillería, minimizó el alcance de la noticia, que el oficialismo festejó como un gol. «EE.UU. nunca ha reconocido la soberanía británica sobre Malvinas. Solo reconoce el ejercicio de un poder de facto por parte del Reino Unido en las islas».

Cambiar el eje del debate, y más con un tema tan caro al sentimiento nacional, puede dar sus frutos a corto plazo. Pero la experiencia de 1982, con una dictadura militar que se había ofrecido con tanta vehemencia a apoyar las necesidades estadounidenses en Centroamérica, debería ser ilustrativa de cómo interpretar las señales que vienen de Washington.

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