De cerca | CANCIONES DE REDENCIÓN

«La batalla es por la palabra»

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Mariano del Mazo - Fotos: Juan Quiles

Con la mirada atenta al actual estado de cosas, Teresa Parodi presenta Hasta que amanezca, un disco que hunde sus raíces en la memoria colectiva y, a la vez, la conecta con las nuevas generaciones.

A los 78 años, Teresa Parodi muestra, disco tras disco, una capacidad de observación extraordinaria y una sintonía con los tiempos que es, finalmente, su manifestación artística y política ante el estado de las cosas. Acaba de salir Hasta que amanezca, un álbum que ya desde la elocuencia de su título define una esperanza. Sonoramente también apuesta al futuro: incorpora voces disruptivas y géneros como el rap, la cumbia y la murga. Con la producción artística y la dirección musical compartida entre su nieta, Emilia Parodi, y Matías Cella, la compositora y cantante vuelve a exhibir una modernidad que, en ella, se escucha natural. Es parte de su propia historia, fruto de una curiosidad y un compromiso que la guiaron desde los inicios y que la llevaron de Astor Piazzolla a Alfredo Zitarrosa, del ocasional paisajismo al testimonio social, de la tradición litoraleña a la ruptura, incluso de los escenarios a la gestión pública, cuando se convirtió en la primera ministra de Cultura de la Nación durante el gobierno de Cristina Fernández. Ministerio clave que el presidente Milei se encargó de rebajar –entre las innumerables decisiones que degradan la cultura– al rango de Secretaría.

En el living de su casa, entre empanadas y vino tinto, la escucha silenciosa de las 11 canciones es el prólogo de una entrevista que, como resulta habitual en ella, parte de la mínima unidad de una canción para extenderse a temáticas de la realidad nacional y mundial. En el centro de todo lo que hace y piensa Teresa Parodi habita, siempre, el ser humano. «Yo escribo canciones. Y mis canciones son siempre un testimonio. Dan cuenta de cada época, de cómo me veo yo en esa época y desde qué lugar. Muchos de los temas salieron de caminar por la ciudad y observar cómo se desangra el país».

Hasta que amanezca es un disco maravilloso, que encuentra a la correntina en un punto caramelo de lucidez y sentido de la ubicuidad. Son temas que suenan aquí y ahora: ella es la antena que capta esa vibración epocal y la convierte en letra y música. «Creo que lo que siempre hice fue mirar, intentar ver y contar lo que veo. Dar cuenta de lo que me pasa como parte de una comunidad, de un pueblo que vive en un sentido», dice.

El disco cubre una geografía vasta que va del Litoral a la Patagonia, tiene pulso social, un homenaje al padre Olveira y muchas referencias al desarraigo, esa sensación que ella bien conoce desde que a fines de la década 70 se tomó un micro desde la Mesopotamia a Buenos Aires para intentar una nueva vida. «Hay mucho de eso. La añoranza de quién se enfrenta a la gran ciudad, con todos los temores y sentimientos que ello implica. El disco va desde el interior hacia la ciudad: es una dirección que está presente en muchísimas canciones a lo largo de las décadas. Desde esa esencia, tiendo un diálogo entre los lenguajes de nuestra memoria colectiva y este presente tan… particular. No me olvido, de todos modos, que el rol de los artistas no es dar respuestas, sino preguntar, interrogarnos como sociedad».

–¿Cómo observás ese presente «tan particular»?
–Son muchos planos. Me acuerdo de una entrevista que hicimos hace algunos años, por Después de todo, que fue mi disco de pandemia. En ese momento estábamos encerrados. Ahora también, pero peor: más que encierro, es una encerrona. Es muy cruel lo que ocurre, porque lo que este tipo está haciendo es meterse con nuestra memoria como pueblo. El pueblo está descreído; no es la primera vez, ni será la última. Ya ocurrió, al final siempre se sale. Pero hay que detener la destrucción. Claramente a este presidente lo votó una gran cantidad de jóvenes, y tenemos que preguntarnos por qué. Y ver lo que está haciendo, que no es un loco soñador, romántico; es un loco destructivo, que vino a soltar todo su odio. No me importa de dónde viene ese resentimiento, si es de sus propias limitaciones o de la infancia que tuvo. Me importa lo que va a costar la reconstrucción.

–Decías que el problema tiene varios planos.
–Sí, porque también creo que hay que pensar en un agotamiento de ciertas formas. La democracia tal cual la conocíamos no existe más, en ninguna parte del mundo. Hay un poder real que se mueve por detrás, que tiene estrategias que aplica y que van cambiando constantemente. Y con resultados extraordinarios para ellos. Antes hacían golpes de estado a cada rato; ya no es necesario. Si antes instalaban discursos a través de los medios, imagínate ahora con las redes sociales. Hay que volver a pensar muchas cosas. El mundo lo manejan unos seres con mucho dinero a los que no les interesa nada: ni el sistema de gobierno, ni la religión, ni la educación. Nada. Solo el dinero y el poder. Ahí lo tenés a Peter Thiel. Son brutos y peligrosos. Por ahora la batalla aparece como absolutamente desigual. Yo no reniego de las herramientas que existen. Tenemos que pensar cómo usarlas. Es imposible no ver qué pasa. Uno puede estar desencantado de los políticos, pero no puede descreer de la política. Es la única forma que tenemos para cambiar algo, para buscar el bien común. Yo en algún punto soy optimista. Se hace largo, pero soy optimista.

–¿Por qué?
–Porque es el pueblo el portador de la herramienta para el cambio. Y al final la usa y sale a la calle. Me gusta utilizar la palabra pueblo y repetirla porque ya nadie la dice. Es lo que somos: un pueblo. Un pueblo que sufre, que se banca un montón de cosas porque cree que es el único camino. ¿Cuántas veces nos vendieron que había un único camino? Y lo fuimos aceptando. Hasta que en un momento deja de aceptarse. Y ahí el pueblo sale a la calle. Cuando eso ocurre, nadie lo detiene. Pasó en dictadura, pasó en democracia. Cuando Fernando de la Rúa declaró el estado de sitio, ¿qué hizo la gente? ¡Salió a la calle! Masivamente. Y fue imposible pararla.


Después de la noche
La portada del disco es una hermosa foto tomada por Alicia Campillo, compañera de Teresa desde hace décadas, en un viaje por los esteros del Iberá. El sol, el horizonte, la oscuridad y la luz. Es una postal serena, melancólica, que funciona como puerta de entrada a un álbum que está concebido como una lúcida combinación de ritmos y de historias, rurales y urbanas. El tema que abre es el potentísimo «Me veo en vos», con la murga uruguaya Doña Bastarda y el rapeo de Shitstem, una joven artista queer marplatense. Es una agridulce descripción de «gente habitando en las veredas», como dice la letra.

La canción dialoga con «Siempre a la misma hora», la historia de un cartonero que vivía «con un gurí en los brazos» en la esquina de la casa de Teresa. «Me lo cruzaba todas las tardes, siempre con su carro, con su hijo», cuenta. En «Siempre a la misma hora» el que rapea es su nieto, el talentoso OKTO (Octavio Parodi). «Los chicos jóvenes me deslumbran. Me abren la cabeza. El tema pasa por no cerrarse, no perder la capacidad de escuchar. Porque las nuevas generaciones están diciendo muchas cosas. A su vez, nos muestran otras formas de utilización del lenguaje. Y mezclan géneros. Y muchos muestran qué escuchaban de chicos en sus casas, como Milo J. Me encanta esta generación. Soy amiga de Cazzu, que me dijo tímidamente que en su casa se escuchaban mis canciones».

–Hay una continuidad.
–Claro, es la cadena. Somos una comunidad, es nuestra historia. Por eso nos pegan ahí, justo ahí. Eso es lo que quieren hacer desaparecer, esa memoria. Hay que estar alertas, hay que educar a los chicos y las chicas: que usen todo lo que tenga que usar, que hagan lo que quieran con los legados pero sin dejar de construir y de tener consciencia del lugar del mundo en el que están parados.

La naturaleza, la comunicación, los gestos plenos de humanidad atraviesan el disco. «Lento» es una cumbiaza en la que también participa OKTO y que tiene destino de éxito instantáneo; otro gran momento es «La belleza es soledad», que suma a Lisandro Aristimuño para homenajear a Luisa Calcumil y, por extensión, a la Patagonia; en «Al sur del Moconá» canta Maggie Cullen: es un bello relato de una niña misionera. «Yo fui maestra a los 19 años en Eldorado, en el monte. Las casas quedaban en medio de la nada y el vecino más cerca estaba a dos kilómetros. Los niños venían de las chacras y en esas chacras se sembraba y se cosechaba el timbó, un árbol de la región que da una semilla grande, negra, de la que en aquella época se extraía el aceite industrial. Esta niña muchas veces faltaba a la escuela porque ayudaba a su mamá. “Al sur del Moconá, la tierra del timbó/ la niña va de a pie, cruzando el esplendor/ del verde amanecer, que tiembla en cada flor” dice esta canción que me salió casi de repente».

Ya estuvo tocando el álbum en Rosario y Córdoba, y el 21 de mayo se prepara para la presentación porteña en La Trastienda. «Es increíble lo bien que fueron recibidas las canciones nuevas. Estoy muy contenta. Grabo y toco en familia, con mis nietos: además de Emilia y OKTO, Ezequiel y Lautaro Parodi en guitarras y bajo respectivamente. La percusión es de Facundo Guevara, ¡que es como de la familia! Y en vivo también está Matías Cella en guitarras, con quien trabajo desde hace muchísimo.

–¿Creés que falta mucho para el amanecer que presagia el título?
–No hay una respuesta. Hay que estar preparados para lo que viene. Hay que acercarse a los jóvenes, escucharlos, compartir con ellos. No sé cuándo será, ahora estamos en una zona de turbulencias. Pero vamos a salir. Ya salimos muchas veces. No olvidemos lo que fue la dictadura, también la cuestión del lenguaje, cuando se decía «algo habrán hecho». La batalla es la misma. La batalla es por la palabra.

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