11 de julio de 2026
Un cielo abierto
Autora: Lorena Romanin
Directora: L. Romanin
Intérpretes: S. Yappert, J. Vera, N. Giardinieri, F. Falasco, B. Lem, D. Fiorentino
Sala: Solidaridad del CCC

Carisma. Vera, el perro Domingo, Giardinieri y Yappert (abajo), el elenco de la pieza de Romanin.
Foto: Prensa
Durante mucho tiempo se aceptó que crecer implicaba alcanzar de manera correcta una forma ideal, óptima, perfectamente definida. Así, por ejemplo, hallamos ya en la antigua Grecia la noción de que toda semilla es necesariamente un árbol en potencia. Sin embargo, hoy sabemos que no debemos confiar en tales esencialismos porque lo individual siempre muestra una faceta diferente: crecer es un proceso abierto. Si de algo podemos estar seguros es de que no hay un modo, mucho menos una fórmula, para devenir adulto, en tanto cada experiencia es única y está atravesada por las circunstancias propias de cada caso.
Un cielo abierto retoma estas problemáticas y juega con ellas. Escrito y dirigido por Lorena Romanin y recientemente estrenado en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, el espectáculo invita a los espectadores a interrogarse sobre las cosas inesperadas que pueden ocurrir mientras uno crece. Para ello la infancia es el ángulo ideal desde donde observar ese misterio fascinante y algo inquietante que es vivir.
La pieza gira alrededor de Cami, una niña de 12 años que no termina de sentirse a gusto en ningún lugar: le cuesta adaptarse en la escuela, no tiene muchas amigas y no comprende del todo lo que está ocurriendo en su casa, donde la relación entre sus padres es cada vez más tensa. Un día, mientras tira la basura, Cami conoce a Marga, una mujer que vive en la calle, y a Domingo, su fiel perro. Este encuentro fortuito comienza a abrir el corazón de la pequeña, quien empieza a mirar de forma diferente su entorno, en especial a medida que comprende el valor de la escucha y de la contención como modos de vincularse.
Al observar la acción desde la óptica de la infancia, Romanin dota al universo poético de una fuerte ternura, incluso cuando surgen cosas que no se dicen o que revisten cierto carácter trágico. Marga y Domingo muestran a su propia manera que crecer es intentar y que ningún problema que surja puede ser más grande que el mundo.
Como el cielo, la vida cambia cuando no se da nada por sentado, cuando se la observa y se la convierte en guía, en apertura a uno y a los otros, tanto para los niños como para los adultos. Así, la infancia no se corta cuando uno se vuelve adulto, precisamente porque es una parte fundamental que acompaña ese acto constante, sorpresivo, de habitar el mundo.
A su vez, la ternura del texto y el carisma del elenco se apoyan sobre diferentes lenguajes escénicos. Por un lado, en el hábil uso narrativo de un diseño de espacio profundamente poético, a la vez realista y mágico, creado por Gabriella Gerdelics, que refuerza la íntima cercanía entre escena y auditorio. Por otro, en la expresividad de Domingo, títere creado por Alejandra Farley y brillantemente manipulado por Daniela Fiorentino, que invita a que creamos en la magia del juego. Por último, pero no por ello menos importante, la música en vivo, a cargo de Facundo Galli y Brenda Lem, matiza la acción con texturas delicadas.
Si bien Un cielo abierto nos habla desde la infancia de Cami y desde la humildad de Marga y de Domingo, no las idealiza, en tanto no son negativas ni positivas por sí mismas. La clave está en la contención que generan, en su inocencia y en su fuerza para volvernos más receptivos junto a los demás, aunque siempre siga siendo un misterio lo que pueda traer el tiempo.
