28 de junio de 2026
Los juegos en línea parecen ser los principales ganadores de la euforia mundialista: están en todas partes y seducen con figuras públicas, promesas de ganancias inmediatas y la ilusión de pertenecer. Una epidemia en ciernes.

Una imagen polémica. «Acá se juega con pelotas», dice un Maradona hecho con IA en un spot de la empresa Bet Warrior.
La imagen de Diego Maradona generada con Inteligencia Artificial centraliza la polémica que acompaña al Mundial. El uso del ídolo para promocionar apuestas deportivas impulsa la preocupación pública por el impacto del juego en jóvenes y menores de edad. Los especialistas advierten un problema en expansión y también desconocido en su complejidad en los abordajes focalizados en la ludopatía.
Los sociólogos Diego Murzi y Juan Bautista Branz, investigadores del Conicet, consideran variables poco atendidas. Según exponen en un estudio basado en entrevistas con jóvenes de 13 a 21 años, las apuestas deportivas constituyen «un espacio dinámico que entrelaza la sociabilidad juvenil, los cambios en el ocio, la resignificación del deporte y la influencia de lógicas financieras en la vida cotidiana».
Murzi y Branz enfatizan en la importancia de escuchar a los propios jóvenes «tanto para comprender como para regular» las apuestas. La investigación se desarrolla dentro del Programa de Estudios Sociales del Deporte de la Universidad de San Martín y plantea que los jóvenes «apuestan para disfrutar y sumar adrenalina al entretenimiento deportivo, antes que por recompensa monetaria».
Esa no es la conclusión de la encuesta coordinada por la socióloga Alejandra Cuasnicu y el psicólogo Raúl Ángel Gómez con 382 estudiantes de entre 18 y 21 años de la Universidad Nacional de Córdoba. Según el trabajo, un 40% de los encuestados afirmó haber apostado en línea alguna vez y de ese conjunto un 16% «se identificó como jugadores problema» mientras un 22% «está en riesgo».
Investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de Córdoba, Raúl Ángel Gómez avizora «una tragedia epidemiológica» en el horizonte: «Hemos avanzado en una segunda investigación con más de 400 estudiantes secundarios de entre 13 y 18 años. Los resultados muestran que un 34% de la población menor de edad está jugando y de ese porcentaje casi el 40% muestra signos de riesgo. Esto correlaciona inversamente con el nivel de monitoreo parental. Los jóvenes reportan que sus padres saben dónde van y con quién se juntan pero no qué hacen cuando están solos frente a las pantallas».
La ludopatía ya fue registrada por Fiodor Dostoievski en una novela clásica, El jugador. «Lo nuevo es la combinación entre la accesibilidad del juego en línea, las condiciones materiales en un contexto de recesión y crisis y un clima cultural donde se exacerban los valores del capitalismo como panacea y única posibilidad de salvación –señala Gómez–. Y ahora se agrega la euforia mundialista: parece que apostar es una forma de participar».
Diego Murzi apunta que «la explosión de las apuestas en Argentina coincidió con el mundial de Qatar» y se asocia desde entonces con el entretenimiento vinculado con el fútbol: «En eventos relevantes como la final de la Champions League o claramente el Mundial, las ofertas de las casas de apuestas son agresivas y la gente tiende más a apostar. El negocio está más normalizado».
Las apuestas son también una industria global y reconocen características particulares en Argentina. «Hay una cuestión de sociabilidad, sobre todo masculina –agrega Murzi–. Entre los jóvenes son parte del rito de juntarse para ver el partido o de encontrarse para comer algo. También se arman lógicas de competencia grupales, a ver quién acierta más, o apuestas combinadas que duran varios días, donde ponen plata entre todos».
Gómez observa en cambio que la socialización ligada a las apuestas es parte de la ficción publicitaria. La propaganda actual de una casa de apuestas muestra «qué divertido y natural es apostar» con la reunión de jóvenes y adultos frente a una pantalla: «Lo gregario es el gran ordenador de niños y jóvenes. La publicidad muestra una felicidad desbordante alrededor de las apuestas y al final una de las actrices dice que los menores no pueden jugar, lo que suena como un castigo y una invitación a jugar para los niños, que disponen de coartadas como las plataformas ilegales y la sustitución y venta de identidades».
Murzi cuestiona lugares comunes sobre la ludopatía digital: «El que juega no puede salir, parece, pero nosotros vimos que al contrario, hay mucho abandono. Algunos tienen un consumo problemático, pero la mayoría son pibes que han apostado o apuestan ocasionalmente y no tienen una continuidad muy intensa en la práctica».
Una investigación de la Defensoría del Pueblo de Misiones, citada por Gómez, afirma que la mayoría de los menores que apuestan en línea vieron a familiares o adultos que también jugaban, lo que no suele problematizarse. «Las nociones de dinero como la construimos en la vida adulta no están totalmente configuradas en los menores, pero ya estamos habilitando que hagan apuestas», dice el investigador de la Universidad Nacional de Córdoba. Así, «las apuestas son parte de una matriz identitaria cuyo rasgo dominante es el éxito rápido por vías no convencionales, como ideal y pauta de felicidad».
El juego en línea «es un componente de una subjetividad contemporánea, no acontece como algo aislado y distinto de otras prácticas corrientes en jóvenes y adolescentes», dice Murzi. El pensamiento en términos de números y algoritmos es revelador «de una lógica de la cuantificación y la ganancia», asociada con «la idea de ganar dinero sin producir nada» y «la expansión de los universos financieros a la vida cotidiana».
«Sobre todo con el fútbol, los pibes generan mucho contenido en torno a rankings, a cuantificar quiénes son los mejores jugadores, los mejores equipos, todo en términos de jerarquizar y de poner números a las cosas –sigue Murzi–. Las apuestas se articulan en ese punto y también en la lógica de los videojuegos, otro elemento de una subjetividad de pantallas, que ya prepara a los jugadores».
Las apuestas deportivas representan el acceso más frecuente de los menores al juego en línea, afirma Raúl Andrés Gómez: «En ese punto funciona la ilusión cognitiva de que no ganan por el azar sino por habilidades y competencias sobre el deporte, con un supuesto saber que puede propiciar ganancias que por otra vía no tendrían. Y hay streamers e influencers que enseñan cómo apostar o transmiten presuntos conocimientos».
La investigación de Murzi y Branz también detectó el valor que atribuyen los jóvenes al conocimiento de deportes y la creencia de que los resultados dependen más del saber que de la suerte. La información, lo que los apostadores llaman «estudiar», tranquiliza, «les da sensación de control en un universo predecible y jerárquico como el deportivo, distinto del azar puro del casino».
Gómez y Cuasnicu advierten conductas y factores de riesgo, entre ellos la naturalización del juego a través de la publicidad y el peso de referentes como hoy resultan los futbolistas de la selección nacional. «Las apuestas normalizan el riesgo –dice Murzi–. Los jóvenes se manejan al respecto de una forma menos conservadora que los adultos. Las apuestas tensionan con esos límites sociales, con la pregunta sobre cuánto está dispuesto uno a perder para ganar». Es otro incentivo poco analizado: «la emoción de la ganancia y la pérdida que forma parte de una nueva subjetividad».
