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Muchacha punk

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Emiliano Basile

¡La Novia!
Directora: Maggie Gyllenhaal
Intérpretes: J- Buckley, Ch. Bale, A. Bening, P. Sarsgaard, J. Gyllenhaal y P. Cruz
País: Estados Unidos

Experimento. La Novia (Buckley) cobra vida en el cuerpo de una joven asesinada.

La realizadora Maggie Gyllenhaal reescribe el mito de Frankenstein en clave posmoderna, con foco en la ninguneada novia de la criatura. En la clásica La novia de Frankenstein, de James Whale, la figura encarnada por Elsa Lanchester apenas aparecía unos minutos y no pronunciaba palabra. Aquí, en cambio, ese silencio histórico se convierte en motor dramático. Gyllenhaal retoma ese personaje icónico y lo transforma en el núcleo de una fábula romántica, gótica y punk que interroga la fantasía amorosa, los movimientos culturales y la propia tradición cinematográfica que la precede.

En esta versión, un Frankenstein aislado y sediento de vínculos (Christian Bale) abandona su reclusión para instalarse en la Chicago de los años 30. Allí contacta a una particular científica (Annette Bening) para que le encuentre una compañera. El experimento de devolver a la vida a una joven asesinada le da origen a La Novia (Jessie Buckley, nominada al Oscar por su trabajo en Hamnet). Sin embargo, el proyecto pronto se desmadra: la resurrección desata crímenes, disputas de poder, apropiaciones simbólicas y la emergencia de un movimiento cultural radical. En medio de ese torbellino, los protagonistas se convierten en amantes fuera de la ley, arrojados a un romance intenso y explosivo que pone en crisis el orden social.

La directora, que había debutado con la intimista La hija oscura, sitúa la historia en unos años 30 imaginarios, donde el clasicismo de Hollywood se mezcla con pulsiones neo-noir y estallidos de artificio. En sus referencias la producción dialoga con la épica criminal de Bonnie y Clyde, de Arthur Penn, la lírica violenta de Badlands, de Terrence Malick, la arquitectura expresionista de Metrópolis, de Fritz Lang, y la subversión del melodrama que propone Corazón salvaje, de David Lynch.

El Frankenstein que compone Bale, sensible y atravesado por una rabia apenas contenida, completa su educación sentimental a partir de imágenes proyectadas. Su idea del amor es, en parte, una fantasía cinematográfica. La Novia, en cambio, sin memoria ni identidad previa está obligada a preguntarse «quién soy» en un mundo que ya le asignó un rol. En ese punto, la película invierte los roles de la novela de Mary Shelley: ya no se trata solo del monstruo que anhela compañía, sino de la mujer que reclama autonomía y persigue su propio deseo.

La puesta en escena refuerza la tensión entre fantasía y realidad. En el laboratorio, los contrastes de luces, la estilización del vestuario y el maquillaje construyen un universo donde lo bello y lo monstruoso coexisten. La película asume también que el amor puede ser refugio y prisión. En ese sentido, la relación entre los protagonistas se presenta como una negociación constante entre necesidad, poder y reconocimiento.

Subrayado incluso por el signo de exclamación del título, el tono punk refuerza esa idea. Más que un simple gesto estético, se trata de una actitud rebelde que se resiste a encajar en moldes preestablecidos. En esa línea opera la evocación de Siouxsie and the Banshees con su versión de «The Passenger», tema originalmente compuesto por Iggy Pop. Si en la canción el «pasajero» observa el mundo en movimiento, aquí la Novia invierte el rol: no es llevada por la historia, sino que toma el control, conduce y redefine el trayecto narrativo.

Entre el relato criminal, la fantasía gótica y la historia de amor imperfecta, Gyllenhaal construye una película que interpela a la historia del cine para otorgarle, por fin, voz propia a quien había sido condenada al silencio.

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