25 de abril de 2026
Con sus editoriales a favor del Gobierno libertario y sus entrevistas funcionales a Milei y compañía, el conductor se ganó el acceso a primicias que bajan directo de los despachos al estudio de LN+.

De pie. Majul despliega sin pudor su enfoque parcial de la realidad política argentina.
Foto: Captura
El periodista «militante» no emitió opinión pero su videograph lo dijo todo por él: «Milei o catástrofe». El informe que sigue es «Conurbano: tierra de nadie». Atribuyen a la llegada de Nicolás Bocache, ex-C5N, a La Nación+, un pseudo asomo crítico, o de advertencia, que funcionaría como lo contrario a lo que aparece en la superficie: una llamada «desde adentro» para que la gente como uno que mira LN+ se «ponga las pilas» y deje de hacer descender a «El loco» o «El Libriano» en las encuestas de opinión, que lo ven en dramática y tajante caída rumbo a las elecciones presidenciales de 2027.
¡Cómo les gusta la palabra «infierno»! Él y sus columnistas: cómo la azuzan, la dirigen a una eventual y una pasada época cristinista, ahora encarnada en el fantasma Kicillof, al que mencionan una y otra vez en esa mesa que denuncia operaciones por doquier en contra del Gobierno y sus adalides mediático-empresariales. El culo durito por efecto del chupín que le denunció una vez Alfredo Casero: el chupín como símbolo del ascenso social del periodista televisivo. En uno de esos estudios se dijo por primera vez la palabra «ensobrado».
En sus mesas complacientes del ciclo diario + Nación y del dominical La cornisa, aun ante un asomo de crítica –como la que esbozó ante el ministro Caputo, en «entrevista exclusiva»– omite la repregunta. Majul propone una vitrina del poder, en imagen y chimento; en exclusiva y trascendido confiable, sus personas y personajes, su «vidriera» de la revista Noticias adaptada al hoy; el antro en el que se juega el «pizza con champán» de nuestra época de exabruptos y cuidadores mediáticos, de economicistas y bufones, jugando alternativamente para el equipo «de los sueños» de la Argentina corporativa. Ni el Mauro Viale de Menem, ni el Orlando Barone de los Kirchner: Majul es el único próspero en la tierra de los viejos meados, como asumió su propio hijo díscolo, Octavio.
Y no habla mal de Majul haber criado a una cabeza pensante como la de su hijo teñido de rosa, «jipón», que se sentó en el panel de El diario de Mariana durante un año y dijo cosas sensatas con aura progre, hasta que se aburrió y se fue de viaje con amigos a tocar la guitarra. Sensatez: el rol de Majul (padre), cuando sienta al libertario de turno en su mesa de tonos suaves, es pasarlos por el tamiz de un traductor que objetándoles las formas los vuelva tolerables al ánimo del televidente argentino modelo La Nación.
Números fríos y fotografías del pasado: allí, en su ciclo, se libra la vida de otro país hecho de luces de neón de estudio de TV y caras maquilladas que hace añares no caminan una cuadra de Congreso o de Constitución. Ejercen la guardia imperial de los rictus botoxeados y el dedito en alto para sí objetar trivialidades, como cuando la Casa Rosada le restringió el ingreso a una periodista –la lógica corporativa nunca falla–, deslindados del dolor, el desguace del Estado, el hambre, la represión y todo lo demás que está pasando a la misma hora en que se emite el programa.
Espejo deformante
Si Adorni sí, si Adorni no: aplacan la barbarie de las calles detrás de un debate impostado al que, contra su supuesto lastre, todavía no le detectaron el potencial de cortina de humo. En el estudio se preguntan «por qué no se nota una Argentina que crece», con diagramas, cuadros y power point que siempre aporta el funcionario de turno, como en una conferencia oficial de la cual se ignora el costo del minuto. «¡Ensobrados!», gritó allí por primera vez el León. Y en otro programa del mismo canal gestó el famoso «¡Afuera!» que auguró los despidos y la reducción de los derechos civiles y la baja del salario promedio, público y privado.
De pie para editorializar: sesgo y afirmación. Impudor: la parcialidad que antes se le denunciaba a los «periodistas militantes» de 678 se ejerce con buenas maneras, aprendidas en los salones de Barrio Parque y las veladas cotizadas en dólares. El trajecito de marca cara le queda pintado en incontables tonos de azul; deja hablar al presidente, lo calma, lo aplaca. A Milei le encanta esa oreja bien dispuesta, esa verba vivaz: le divierte Majul a Milei. Es un vehículo para su sosiego de mandíbula apretada, un interlocutor ideal para contextos de crisis o pre-crisis, con apariencia neutrales; no levanta el tono; la estética, híperproducida, lo vuelve una «pinturita» para su edad.
Ninguno ahí necesita decir las cosas por su nombre. Majul y los suyos le imaginan a Milei un futuro, posterior a 2031, como millonario conferencista por el mundo, «el hombre que habrá bajado la inflación y reducido la pobreza» y, como quien no quiere la cosa, le espantan los escándalos de corrupción y dan por hecha la reelección. Ingresos millonarios, dicen: cantantes y sonantes, en las antípodas del caso Libra, de parte de los que se escandalizaban ante aquella «exitosa abogada» que pasó por la Universidad de Harvard allá por 2012.
Como Jorge Lanata, a quien Majul biografió en Lanata, su derrotero lo encontró denunciando en sus inicios la verdadera posesión del país de parte de los grandes grupos económicos, en Los dueños de la Argentina, para dar lugar a un pronunciado declive hacia el fuego amigo, que encumbra y estelariza al poderoso, funcional a su show, de tanta mención al día a día de una gestión que parece conocerse de memoria. Lo que Lanata, el fundador de Página/12, hizo desde las interesadas veladas dominicales del Grupo Clarín, Majul lo emprende a su modo, sin la náusea y la irritación del Gordo, al que su abrazo al poder lo suponía siempre en guerra contra un tercero aún peor. Se mantiene, eso sí, la repulsa al monstruo populista, más fruncida, como estreñida, en abierta disociación entre lo real y lo dicho, entre la calle y el estudio del canal de noticias.
