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El laborismo juega su última carta

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Manuel Alfieri

Tras la salida de Keir Starmer, Andy Burnham emerge como favorito para convertirse en el próximo primer ministro del Reino Unido. Quién es y cómo piensa el dirigente que intentará sacar al oficialismo de su crisis y frenar el avance de la ultraderecha.

Manchester. Burnham en un acto realizado en el Museo de Historia Popular, el 29 de junio.

Foto: Getty Images

En los próximos días, el Reino Unido tendrá un nuevo primer ministro: el séptimo en apenas diez años. El cambio se concretará cuando el Partido Laborista designe oficialmente a su nuevo líder. Entonces, Keir Starmer dejará el 10 de Downing Street y volverá a ocupar su banca en el Parlamento. Todo indica que su reemplazante será el diputado Andy Burnham, el único correligionario que, al cierre de esta edición, reunía el consenso necesario para convertirse en jefe de Gobierno.

La salida de Starmer comenzó a gestarse después de las elecciones locales de mayo, en las que el laborismo sufrió una dura derrota a manos de la ultraderecha. Reform UK, el partido antiinmigración de Nigel Farage, conquistó 1.453 bancas municipales y catorce Gobiernos locales, incluidos algunos bastiones laboristas. Fue el mejor resultado electoral de su corta historia –se fundó en 2018– y la confirmación de que el fenómeno ultra avanza a pasos agigantados también en el Reino Unido.

Para el oficialismo fue una jornada decepcionante. Perdió casi 1.500 concejales y cedió el control de 38 Gobiernos locales: el peor desempeño electoral de las últimas décadas. El dato resulta aún más contundente si se tiene en cuenta que, apenas dos años antes, la centroizquierda británica había arrasado en las elecciones generales que llevaron a Starmer al poder, con una mayoría absoluta de 411 diputados sobre un total de 650. Una parte del electorado migró hacia la ultraderecha, aunque el principal beneficiario del desencanto fue el Partido Verde.

El voto castigo contra Starmer no sorprende. Aunque durante su gestión impulsó algunas iniciativas populares –como la mejora del salario mínimo y medidas de protección y ampliación de derechos para los inquilinos–, mantuvo intacta la orientación económica de sus antecesores conservadores. En nombre de la prudencia fiscal, aplicó una fuerte política de ajuste, con recortes en áreas sensibles y eliminación de subsidios, como el destinado a aliviar las facturas de electricidad durante el invierno.

Esa estrategia terminó erosionando el respaldo de una parte importante de su propia base electoral. El intento por transmitir previsibilidad a los mercados y evitar cualquier ruptura con la ortodoxia económica alejó a sectores progresistas que esperaban un giro más marcado tras catorce años de gobiernos conservadores. A ese desgaste se sumaron algunos escándalos mediáticos, como la designación de un amigo de Jeffrey Epstein en la embajada británica en Estados Unidos. Starmer dejará Downing Street con un nivel de rechazo superior al que registraban Boris Johnson y Liz Truss al final de sus respectivos mandatos. La moderación del progresismo en el poder se paga cada vez más caro.

Nigel Farage. El líder del ultraderechista Reform UK, en un encuentro de su partido en Norwich.

Foto: Getty Images

El elegido
El laborismo tenía dos opciones: sostener a Starmer y correr el riesgo de allanarle el camino a la ultraderecha o buscar rápidamente un reemplazante. Así surgió el nombre de Burnham, que venía de una victoria electoral y acababa de asumir como diputado tras una exitosa gestión como alcalde del Gran Mánchester. Si no asoma ningún rival interno, en pocos días será elegido líder del partido y, luego –hacia mediados o fines de julio–, primer ministro. La posibilidad de gobernar el país sin pasar antes por las urnas responde a una de las particularidades del parlamentarismo británico: cuando un jefe de Gobierno pierde la confianza de su partido, puede ser reemplazado por el nuevo líder de la fuerza que conserva la mayoría en la Cámara de los Comunes. Esa mayoría todavía está en manos del laborismo.

Burnham tiene 56 años. Nació en Liverpool, pero es fanático de su clásico rival: el Everton. Estudió Literatura, trabajó durante un tiempo como periodista y muy tempranamente se volcó a la política. Empezó a militar en el laborismo a los catorce años, en pleno gobierno de Margaret Thatcher. Mientras el país sufría los efectos del neoliberalismo más feroz, el todavía pequeño Andy quedó cautivado por una serie televisiva que retrataba las penurias de un grupo de desocupados de Liverpool. Esa ficción, cuentan quienes mejor lo conocen, despertó su vocación por transformar la realidad y moldeó su visión política.

Gobernó el Gran Mánchester entre 2018 y este año. Durante ese período construyó un perfil político basado en la defensa de las autonomías regionales frente a las arbitrariedades del poder central londinense. De hecho, se ganó el apodo de «Rey del Norte» –tomado de la serie Game of Thrones– por la firmeza con la que se plantó en más de una ocasión ante el primer ministro de turno.

Su propuesta de gobierno es sencilla: llevar al plano nacional el modelo que desarrolló como alcalde. En la tierra de Oasis y los hermanos Gallagher, Burnham impulsó lo que él mismo bautizó como «manchesterismo»: un Estado activo que «no deja todo librado al mercado», orientado a garantizar el acceso a la vivienda, buenas condiciones laborales y servicios públicos de calidad.

Ese mismo enfoque se trasladaría ahora al conjunto del país. En distintas entrevistas, Burnham prometió reindustrialización, construcción de viviendas y, sobre todo, una profunda descentralización administrativa. Será, en sus palabras, el «mayor reequilibrio de poder que este país ha visto». En esa dirección apuntaría una de sus primeras iniciativas: trasladar oficinas del Gobierno central desde Londres hacia Mánchester, con el objetivo de acercar el Estado a las necesidades de la población en «todos los códigos postales».

A priori, el futuro Gobierno parece más orientado hacia la izquierda que el de Starmer, pero todavía es pronto para afirmarlo. El panorama quedará más claro cuando Burnham designe a su ministro de Hacienda, cargo en disputa entre los distintos sectores internos del laborismo. Difícil de encasillar, Burnham no responde plenamente a ninguna de las grandes corrientes del partido: ni al sector de Starmer, ni al de Tony Blair ni al de Jeremy Corbyn.

De llegar a Downing Street, Burnham enfrentará múltiples desafíos, con un detalle: gobernar una región de tres millones de habitantes como el Gran Mánchester no es lo mismo que conducir un país de 70 millones. Un país en el que, además, la paciencia de la población parece agotarse y los primeros ministros cambian casi al mismo ritmo que los presidentes en Perú. A eso se suma una economía que arrastra problemas estructurales desde hace más de una década, con el Brexit como punto de inflexión.

Burnham no solo deberá convencer a los británicos de que su modelo puede funcionar a escala nacional. También tendrá que demostrar que el laborismo sigue siendo una alternativa frente al avance de Reform UK. Si fracasa, el partido de Farage quedará en una posición inmejorable para gobernar el Reino Unido por primera vez en su historia. A su favor, Burnham cuenta con tiempo: la amplia mayoría parlamentaria obtenida por el laborismo en 2024 le permitirá gobernar sin depender de acuerdos con otras fuerzas y sin necesidad de acudir a las urnas, al menos hasta 2029.

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