10 de julio de 2026
Autor: Ariel Gurevich
Director: A. Gurevich
Intérprete: Nelson Rueda
Sala: Espacio Experimental Leónidas Barletta

Relato familiar. Rueda despliega un monólogo que va del histrionismo al tono confesional.
Foto: Elías Díaz Hernández
En el año 2014, el dramaturgo y director Ariel Gurevich estrenó la conmovedora Seré tu madre tranquila, una obra que gira en torno al rol social de una madre o, más específicamente, de lo que significa serlo. Con La roca, ahora se acerca a la paternidad, solo que en esta ocasión lo hace con una impronta más multimedial. Una perspectiva que, además, se conecta con la platea a partir del potente imaginario que se desprende de Mar del Plata, la ciudad turística de Argentina por excelencia.
El responsable de activar esta suerte de memoria colectiva en cruce con el recuerdo personal es Nelson Rueda, un actor de sólida formación y fuerte presencia en el teatro porteño, sobre todo en el circuito independiente. No solo pone en escena su cuerpo y su voz, sino que también aporta sensaciones, anécdotas de su propia vida como hijo de un hombre que murió joven, pero cuya imagen se niega a desaparecer.
Rueda se dirige a la platea y despliega un sentido monólogo, que va desde el histrionismo y la alegría hasta el tono más confesional y melancólico. En ese arco se delinea un relato familiar y, al mismo tiempo, se brinda el testimonio de un pasado analógico rememorado en nuestro presente, que bien sabemos está atravesado por la virtualidad y la fugacidad de las imágenes.
La roca cuenta con un funcional diseño escenográfico y de iluminación a cargo de Leandra Rodríguez, que se amolda a la dirección audiovisual de Carolina Rolandi y Elías Díaz Hernández. La pieza incluye videos y sobreimpresiones que acompañan y complementan la dramaturgia. Sin llegar a ser un patchwork, el espectáculo despliega varios recursos que problematizan lo presente y lo ausente, lo evocado y lo visible. Su estructura, desde esa construcción, opera como el acto de sentarse a ver no un álbum, sino una caja de fotos. Levantar una de ellas ya despliega una multiplicidad de recuerdos. El orden puede ser antojadizo, pero en esa aleatoriedad se construye un sentido poderoso.
Como se ha dicho, Gurevich recurre a la «ciudad feliz» no solo como un decorado, sino también como parte nodal de la composición dramatúrgica de La roca. Es así como, en concisos 60 minutos, rememoramos temas musicales asociados a Mar del Plata, pensamos en su gastronomía (los típicos alfajores que antaño se conseguían solamente allí) y en la playa Bristol, la peatonal, el casino. Cada uno tiene su historia con aquella ciudad y, al ubicarla en un espacio central, el autor nos conecta no solo con Nelson sino también con nuestros propios recuerdos.
En términos metafóricos, la piedra aludida por el título es la llave de acceso a un viaje hacia la genealogía, hacia ese hombre que supo hacer de los veranos un mundo paralelo, quien aun en sus zonas grises no dejó de brindarle sabiduría cotidiana y afecto a un hijo que ya miraba su entorno con sutileza y curiosidad, como si ya se estuviera amasando dentro suyo a ese actor que conocemos hoy.
