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Heridas de guerra

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Mariano del Mazo

Canciones, libros, películas y obras de teatro intentan conjurar el trauma que dejó en la sociedad argentina el conflicto bélico ocurrido hace 40 años. 

Veteranos. La obra Campo minado es protagonizada por exsoldados argentinos y británicos.

LOLA ARIAS

A 40 años, la guerra de Malvinas continúa siendo un sentimiento cruzado por contradicciones. El espejo devuelve la imagen de una sociedad crédula que, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, mutó de la aceptación irracional de las acciones de la dictadura a la frustración y a la negación de ese apoyo. Un patrioterismo escolar que se despeñó hacia una crisis política que, finalmente, alumbró la democracia. Los militares, conducidos por un general que soñó por un instante con ser Perón, escribieron con más sangre el epílogo de la etapa siniestra iniciada en  1976.
Esos contrastes –¿malvinizar o desmalvinizar?, parece ser la cuestión– siguen generando reacciones desde el mundo de la cultura. De la novela Los pichiciegos, de Fogwill, a la convicción de Beatriz Sarlo de que «las Malvinas son británicas y muy parecidas al sur de Escocia», se abre un espacio temporal de cuatro décadas y diferentes modos de abordar el tema. Si la de Fowgil fue una ficción escrita al fragor de las últimas batallas, con consideraciones más verdaderas que las que difundía la mayoría de los medios, la de Sarlo constituye una sentencia políticamente incorrecta en sintonía con el pensamiento liberal.
La problemática atraviesa no solo la literatura y el mundo de las ideas, sino también al del cine, la televisión, la música, el teatro. Con el paso de las décadas, lo urgente fue reemplazado por lo reflexivo. Hubo acciones desarrolladas en tiempo real –el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, las «24 horas por Malvinas» por ATC– que pecaron al menos de cándidas y que hay que juzgar en su contexto.
El Festival de la Solidaridad fue la unión del rock argentino para pedir «algo de paz» y recolectar vituallas para los soldados en el frente. Ocurrió en mayo, en medio del «estamos ganando» de la revista Gente, cuando el rock se masificó por la prohibición de pasar música en inglés. Así se fortalecieron fenómenos como el de Sandra Mihanovich y la llamada Trova rosarina. «Que parte de nuestro suceso haya sido consecuencia de Malvinas es una paradoja extraña que aún me hace ruido en las tripas», dice Adrián Abonizio, autor de un éxito de la época, «Mirta, de regreso». «¡Grabamos en un sello inglés que mandaba explosivos contra nuestros soldados! En el descargo diría que no nos dimos cuenta, pero les debemos a los muchachos de Malvinas nuestras disculpas».
La visceral autocrítica de Abonizio, pura honestidad, se complementa con la ironía de Charly García cuando presentó en vivo el tema «No bombardeen Buenos Aires» en Ferro, simulando un ataque inglés a la ciudad. Los que percibieron la trampa fueron excepciones a la regla: los casos de Virus, M.I.A. y Los Violadores. La banda de Pil Trafa, de hecho, habló de la guerra en la canción «Comunicado 166», de 1985.
El periodista y escritor Daniel Kon editó, a dos meses de la rendición, un libro emblemático: Los chicos de la guerra. «Yo tenía 27 años», dice Kon. «En perspectiva, creo que el trabajo envejeció bien. Tiene un valor documental. Empecé a entrevistar a soldados que llegaban heridos al continente cuando aún la guerra no había terminado. Esa urgencia fue el mérito de Los chicos de la guerra. Valoro también el coraje, o la inconsciencia, de mis 27. Era un momento complicadísimo. Salió en agosto de 1982, con los milicos aún en el poder».
El libro fue adaptado al cine en una película que dirigió Bebe Kamín. Estrenada en democracia, Los chicos de la guerra fue un éxito en un instante histórico en que los militares eran repudiados por casi todos los sectores de la sociedad, y el puntapié inicial de una serie de películas alusivas. Entre documentales y ficciones, se destacan La deuda interna, de Miguel Pereira; Iluminados por el fuego, de Tristán Bauer; y Fuckland, de José Luis Marqués, entre muchas otras.

Pionero. El film Los chicos de la guerra.

Resonancias bélicas
La literatura y el periodismo encontraron en Malvinas una excusa perfecta para contar historias. Como tema, es una usina de datos, tramas y conspiraciones. «Supongo que como toda guerra va a seguir generando ficción literaria y cinematográfica», opina Kon. Y enumera: «Al principio la no ficción, con Los chicos de la guerra y Malvinas, la trama secreta, de Kirschbaum, Van der Kooy y Cardozo, copó las listas de best sellers. Además de Los pichiciegos, hubo bastante ficción: desde Las islas, de Carlos Gamerro, que estaba muy bien, pasando por Las otras islas, la antología de Alfaguara con textos de Pablo De Santis, Juan Forn, Pablo Ramos y Eduardo Sacheri. Lo último que leí fue La otra guerra, de Leila Guerriero. Me pareció extraordinario».
Marcelo Larraquy es periodista de investigación y escribió varios trabajos dedicados a la violencia de los 70. En 2020 publicó La guerra invisible, un libro notable que revela documentos británicos sobre un ataque al continente. «Malvinas es parte de nuestra historia como país, una herida. Mucho más que “los 70”. Hay un sentimiento por las islas que es legítimo, que la dictadura lo utilizó como una extorsión moral». Larraquy toma Malvinas, la trama secreta como un trabajo ejemplar, pero dice que se ha nutrido de muchas investigaciones extranjeras. «De la bibliografía que consulté, me gustó mucho el libro de la antropóloga Rosana Guber, Experiencia Halcón, sobre los pilotos argentinos. Y también el relato que escribe el capitán Legg, Ultimate Acceptance, que cuenta su acción en el continente, que fue quizá mi mayor hallazgo bibliográfico. Legg lo escribió con el seudónimo de William Barnes».
El mes pasado Gourmet Musical editó un libro revelador: Escuchar Malvinas. Música y sonidos de la guerra. Compilados por Esteban Buch y Abel Gilbert, se trata de diez textos escritos por Mercedes Liska, Sergio Pujol, Ricardo Dubatti, Martín Liut, Julián Delgado, Norberto Cambiasso y el propio Gilbert. El tema de la música y el sonido en relación con la guerra adquiere diferentes formas: desde los conciertos de regreso del exilio de Mercedes Sosa hasta el tratamiento que le dieron las bandas de rock inglés al conflicto bélico.
«La idea fue esbozar un paisaje sonoro de la guerra», explica Gilbert. «Los textos cambian de tono y de estilo. Al final, son investigaciones que dejan pistas abiertas más que resultados finales. Es una invitación a parar la oreja: cuando se cambian los sentidos con los que se percibe un mundo, pueden aparecer nuevas luces. O mejor dicho, una nueva resonancia».
Si algo caracteriza al teatro es su capacidad de acompañar los tiempos históricos: desde el sainete hasta Teatro Abierto, se puede escudriñar el ánimo colectivo a través de las obras. Malvinas no es la excepción. Infinidad de piezas se han estrenado sobre la temática: Malvinas, un canto a la esperanza (1992), de Osvaldo Buzzo; Museo Miguel Angel Boezzio (1998), de Federico León; Las islas (2001), de Alejandro Tantanián sobre la novela de Gamerro; y más. 
El fenómeno escénico excluyente es Campo minado, de la dramaturga Lola Arias. Se estrenó en Inglaterra el 28 de mayo de 2016 y, más allá del irresistible atractivo de que los que actúan son veteranos argentinos y británicos, lo que estremece es la perfecta estructura dramática, la violencia latente, las marcas de la guerra. La obra tiene algo amoroso, de alto el fuego: el delirio finalmente le deja lugar a la lógica de los sentimientos. Como dice el exsoldado y actor Marcelo Vallejos, el arte sirve para curar. Las canciones, películas, obras y libros son, al fin, una de las maneras posibles que transita la sociedad argentina para conjurar tanto dolor, tanto trauma, tanta locura.

Textos. Las tapas de Los pichiciegos, Las islas, La guerra invisible y Escuchar Malvinas.

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