Cultura | LUIS BRANDONI (1940–2026)

Intérprete de la argentinidad

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Pablo Méndez Shiff

Protagonista de numerosas obras de teatro, películas y ficciones televisivas que dejaron una huella profunda en la memoria popular, el actor se mantuvo vigente hasta sus últimos días.

Pasional. Brandoni supo combinar su vocación actoral con la participación política y sindical.

Foto: NA

«Murió Luis Brandoni. Con Beto se va el último primer actor de una generación inolvidable. Impulsor del teatro nacional, desde esta Casa Teatral seguiremos aplaudiendo su compromiso permanente, que excedió el ámbito del escenario. Hoy es un día muy triste para nuestra cultura». Carlos Rottemberg, empresario teatral y amigo personal del actor, fue el encargado de dar la noticia de su muerte. Eran las 12:25 de la madrugada del lunes 20 de abril.

Hasta pocos días antes, cuando un accidente doméstico lo llevó a una guardia, Brandoni había estado protagonizando una obra en uno de los teatros de Rottemberg junto a otra actriz muy querida, Soledad Silveyra. Esa pieza, Quién es quién, era una de las más vistas de la cartelera porteña desde su estreno en 2025. Y ahí está, precisamente, una de las claves para entender la carrera de este intérprete que dio sus primeros pasos en la década del 60. En un ámbito que suele ser cruel con sus figuras y en un país polarizado, Brandoni se mantuvo vigente y logró ser admirado y respetado por colegas y público de todo el arco ideológico.


Abanico de personajes
El ámbito en el que se sentía más cómodo y en el que trabajó de manera más continuada fue siempre el teatral. Participó de películas importantes, desde dramas como La Patagonia rebelde, Made in Lanús y Darse cuenta, hasta comedias como Esperando la carroza, Cien veces no debo, Esa maldita costilla y Mi obra maestra, entre tantas otras. Pero fue la televisión la que lo convirtió en una figura reconocible para la mayoría de los argentinos de varias generaciones.

Sus duplas con Ricardo Darín y Guillermo Francella son, seguramente, las más recordadas.

Entre 1973 y 1983 fue secretario general de la Asociación Argentina de Actores. En esos tiempos convulsionados, que empezaron con la tercera presidencia de Perón, atravesaron la dictadura y el regreso de la democracia, su vida y su carrera estuvieron en peligro. Primero, en 1974, fue amenazado por la Triple A y se vio obligado a abandonar el país. Tras un año entre España y México, volvió porque extrañaba mucho.

La directora Teresa Costantini recordó que en una oportunidad le comentó que veía mucho teatro en Londres y que, como respuesta, Brandoni le sugirió que hiciera lo propio sobre suelo porteño. Esa misma sensación de arraigo lo trajo de vuelta aun cuando la situación política no había mejorado. En un móvil con el programa Intrusos, un actor que lo estaba despidiendo dijo que si hubiese vivido en Hollywood, Brandoni hubiese sido como Robert De Niro. Pero él no quiso vivir en Hollywood sino en Buenos Aires, para así interpretar el amplio abanico de la argentinidad.

Hablando precisamente de ese tema en una entrevista con Página/12, dijo hace unos años: «El prejuicio por lo nacional también forma parte del arte. A mí me han dicho muchas veces que lo que hacía estaba bárbaro, pero que tenía que hacer clásicos. Incluso lo escuché de colegas. Es una mentalidad colonial. Nunca escuché ni leí ni nadie me comentó que leyó que a Dustin Hoffman le criticaran que hiciera siempre a norteamericanos, o a Marcello Mastroianni porque hacía siempre de italiano».

En 1976, con la dictadura ya en el poder, fue secuestrado junto a su esposa de entonces y madre de sus hijos, Marta Bianchi, y trasladado al centro clandestino de detención conocido como Automotores Orletti. Su popularidad y reconocimiento le permitieron recuperar la libertad poco después, aunque sin poder trabajar ni en cine ni en televisión. El teatro, su gran amor, fue la ventana que mantuvo abierta durante esos años.

Con el retorno de la democracia pudo volver a la gran pantalla y se metió en la política partidaria. Con su experiencia sindical a cuestas, se afilió a la Unión Cívica Radical y fue asesor ad honorem de la presidencia de Raúl Alfonsín. Más tarde, en 1997, fue diputado nacional por ese mismo partido y nunca dejó de expresar sus ideas en voz alta, a menudo con el tono vehemente y la irritabilidad que lo caracterizaban. Tanto sus amigos como sus adversarios solían describirlo con la misma palabra, algunos con afecto y otros con distancia: «Cabrón». En una nota reciente, Pablo Echarri lo puso como ejemplo a seguir: el de un colega que nunca dejó las tablas y que pudo combinar su vocación con pasos intermitentes en la política partidaria. 

Las anécdotas de las personas que trabajaron con él y los comentarios de sus seguidores en las redes sociales y en la puerta de la Legislatura porteña, donde fue velado, son la prueba fehaciente de la enorme carrera que construyó durante tantas décadas, en formatos tan disímiles como el teatro y las plataformas de streaming, las comedias populares y los dramas políticos, haciendo de tantos argentinos como pudo y logrando convertirse en un símbolo de la identidad nacional.

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