Cuento | Por Daniel Guebel

Recuerdos gastronómicos de provincia

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Daniel Guebel

Daniel Guebel nació en Buenos Aires en 1956. Sus últimos libros son las novelas El sacrificio (2022), El rey y el filósofo (2023) y El último malón (2024). Entre otros premios, recibió el Emecé de novela por La perla del emperador (1990), el Nacional de Literatura en la categoría novela por El absoluto (2018) y el de la Feria del Libro de Buenos Aires, por El hijo judío (2019).

Mi abuela materna, Rosa, me proveía de buena parte de los elíxires de la infancia. Trabajaba en el negocio familiar. Sus ropas negras y amplias. Atendía la caja, era la matrona que vigilaba el arcón del ingreso familiar. Tenían, ella y mi abuelo Miguel, una mezcla de marroquinería y local de ropas. Yo pasaba horas allí; se suponía que alguna vez me convertiría en heredero del emporio.

Con suerte, mis abuelos me encomendaban tareas menores, extraer de los estantes bajos algunos artículos de poco precio, como medias de nylon o pañuelos rígidos de apresto, aunque en ocasiones podía encargarme de envolver camisas de trabajo que recibían un tratamiento llamado «sanforizado», expresión que adquiría un carácter grave, una forma del prestigio, cuando la empleada, o mi tía Noemí, desplegando la prenda ante los clientes, decía: «Es sanforizada», «Tiene sanforizado» o «Viene sanforizada». Si el ímpetu recaía sobre la primera sílaba, «san», la camisa adquiría de inmediato un aura religiosa. En cambio, si lo hacía sobre el resto de la palabra, «forizada», se aludía sin duda a una operación de alta tecnología, un desarrollo paralelo a las excursiones al espacio que planeaban los rusos y americanos, y una de cuyas aplicaciones recaía sobre las prendas de vestir de los trabajadores, convirtiéndolos en especies nuevas de gladiadores de la modernidad.

A eso de las cinco de la tarde, mi abuela, creyendo que debía premiar mi contracción al trabajo, delegaba el manejo de la caja en manos de mi tía y me llevaba a tomar la merienda a uno de los dos bares o confiterías que bordeaban la plaza. Uno de ellos era la lechería La Vascongada, donde preparaban batidos de leche y crema espumosos y panqueques hechos con una masa firme y gruesa, dorada, que envolvía porciones abundantes de dulce de leche que escapaban por los costados.

El otro templo de la alimentación era la confitería San Martín, ubicada al lado de la catedral. Un edificio de principios de siglo XX o fines del anterior, grande como cinco establos, con salón comedor y reservado de familias. No recuerdo nada en particular de su interior, salvo que era para mí sinónimo de belleza y que algo se derrumbó en mi alma cuando la confitería fue demolida para construir un edificio de departamentos.

La confitería San Martín tenía mesas en la calle, y mi abuela y yo nos sentábamos en cualquiera de estas, cerca del cordón de la vereda. Rosa era una pobre inmigrante que durante todos los años que vivió en este exilio jamás pudo pronunciar la palabra «huevo» (decía «boibo»), pero sus pesadillas de rusa pobre e indocumentada, todas sus humillaciones y vergüenzas desaparecían cuando alzaba la mano para llamar al mozo. Entonces se volvía verdaderamente imperial, un efecto de la dicha: iba a darle de comer a su nieto. Alzaba la mano y, cuando el mozo llegaba, pedía una bebida gaseosa –su concesión al gusto– y un sanguche triple de jamón y tomate. «Lo de siempre», decía el mozo y al rato regresaba trayendo en alto su bandeja redonda donde lucía el plato de loza en el que desbordaba el rectángulo de pan de miga, y a su lado la botella de vidrio grueso, de molde tramado sobre las curvas ideales de una mujer, y surcada de algo como venas en canal, en cuyo interior se veía el jarabe rojo espeso que empezaba a burbujear apenas el mozo la retiraba de la bandeja y apoyaba su base sobre la mesa, y en un solo movimiento de la mano, seco y preciso, la destapaba.

Ese movimiento y el ruido resultante –una mezcla de efecto de succión y liberación que prometía el alivio de toda sed– capturaba por un instante la vista, que se apartaba de la mano del mozo para ir al pico de la botella, esperando asistir al derrame burbujeante del contenido. Luego, como esa explosión no acontecía, la mirada volvía a la mano del mozo, pero éste había aprovechado aquel segundo de distracción para operar su verdadera magia y ocultar el objeto mismo de su función. Había mozos que, apenas retirada,  guardaban en el bolsillo de su uniforme la tapita de chapa de la gaseosa. Este, en cambio, producía esa desaparición episódica, generando unos instantes de pequeño suspenso. Luego, sin que pudiera distinguirse el modo, la tapita, que mi abuela y yo suponíamos atrapada en el hueco de la mano, magnetizada tal vez por el destapador, de pronto surcaba el aire. Siendo de forma circular, tenía, como sus semejantes de bebidas similares, una especie de corola dentada que servía para provocar un efecto de cierre hermético sobre el pico de vidrio de la botella, por lo que, puesta en vuelo, esa dentición giratoria permitía imaginar a mínima escala el tránsito de una estrella hacia los confines. En este caso la calle era el cielo nocturno del universo, ausente por el momento la radiación de fondo, y cuando la tapita caía cerca de otras tantas tapitas previamente arrojadas a lo largo de días y meses y años, era porque había ido a ocupar su lugar de destino luego de un recorrido de eras tras la explosión original: quedaba allí, tapa chata hacia arriba o con la corola dentada exhibida hasta que el paso de algún vehículo terminara hundiéndola junto con sus hermanas, una constelación de redondeces que en el verano brillaba sobre el alquitrán de esa calle de pueblo de provincia. Fanta, Coca, Crush, Bidú, Mirinda, Indian Tonic, Aldebarán.

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