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La comunidad del crimen verdadero

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Candelaria Schamun

Tras el tiroteo fatal en la escuela de Santa Fe, la Justicia investiga una red que reivindica y promueve ataques masivos en escuelas. Un territorio hostil y violento que seduce a los más jóvenes.

Littleton, Colorado. Conmemoración de las víctimas de la masacre de Columbine, uno de los hechos que homenajean los integrantes de True Crime.

Foto: Getty Images

El 30 de marzo, la pequeña ciudad santafesina de San Cristóbal se convirtió en escenario del segundo tiroteo escolar de la historia argentina. La tragedia social irrumpió en las aulas y enseguida recorrió los portales de todo el mundo. Los investigadores centraron la pesquisa en analizar la vida virtual del adolescente de 15 años que mató de un balazo a un compañero. Así llegaron a la conclusión de que el tirador planificó el hecho, que participaba activamente en grupos internacionales y cerrados de «True Crime Community» (TCC). Estas comunidades virtuales son cada vez más complejas, violentas y con discursos radicalizados. La mayoría de sus integrantes celebran y promocionan ataques masivos. Uno de los canales de ingreso y cooptación son los foros de juegos en red. Especialistas advierten sobre el peligro de la «gamificación de la violencia», lo que sucede cuando hechos violentos de la vida real empiezan a ser interpretados bajo reglas propias de entornos virtuales de juego. En comunidades TCC, muchos adolescentes encuentran un lugar de refugio, de sentido y de pertenencia. Además de un espacio de reconocimiento para quienes se sienten aislados o excluidos. 

La Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT), dependiente del Ministerio Público Fiscal, elaboró un informe sobre la llamada True Crime Community. Según el documento, no se trata de una organización terrorista clásica, sino de una subcultura digital global y descentralizada, enfocada en el consumo y producción de contenidos sobre crímenes reales, especialmente ataques masivos. Los integrantes tienen entre 13 y 20 años, y en muchos casos presentan antecedentes de aislamiento social, experiencias de victimización o dificultades para integrarse en su entorno, junto con un consumo cada vez más intensivo de contenido digital y juegos en red. En algunos casos detectaron convergencias con comunidades vinculadas al movimiento Incel o entornos asociados al aceleracionismo violento.

Dentro de la red TCC admiran a los estadounidenses Eric Harris y Dylan Klebold quienes el 20 de abril de 1999 asesinaron a 12 estudiantes y un profesor antes de suicidarse en la Columbine High School. Para los miembros de esta red, la Masacre de Columbine es un acto ejemplar: sus autores admiraban a Adolf Hitler y eligieron esa fecha en coincidencia con su nacimiento.


Videojuegos, agresión y sufrimiento
Según Laura Quiñones Urquiza, perfiladora criminal y diplomada en Criminología, Criminalística y Derechos Humanos, la mayoría de los integrantes de grupos TCC esconden sus identidades en seudónimos, el anonimato genera una sensación de ausencia de responsabilidad. «Muchos jóvenes pueden entrar a esas comunidades por curiosidad, para analizar un delito o compartir información.  El problema aparece con el tiempo y depende en gran medida de la dinámica interna del grupo y del rol de quienes lo moderan. Estos espacios se vuelven especialmente peligrosos cuando aparece lo que se denomina una “gamificación de la violencia”, que consiste en aplicar lógicas propias de los videojuegos, puntajes, rankings, recompensas, niveles o desafíos, a hechos reales de agresión y sufrimiento. Y ahí aparece algo muy grave: la identificación con los agresores», dice. 

Para Alejo Merker, psicólogo y docente universitario y secundario, lo que vuelve tan potentes a estas comunidades no es solo lo que dicen, sino lo que vienen a cubrir. Funcionan como respuesta ‒rápida, concreta y disponible‒ a una serie de necesidades que, en muchos casos, no están siendo satisfechas en otros ámbitos. «Necesidades de pertenencia, de reconocimiento, de escucha. La posibilidad de tener una voz donde antes no la había, de ser nombrado, de sentirse parte de algo. En un momento vital como la adolescencia, estos espacios ofrecen certezas donde afuera hay intemperie. En ese sentido, la pregunta no puede ser solo qué consumen los adolescentes, sino qué no estamos pudiendo ofrecerles. Por qué estos chicos y chicas encuentran más alojamiento en estos espacios que en la escuela, en la familia o en la comunidad. Muchas veces se trata de trayectorias atravesadas por la exclusión, por experiencias de violencia, por la dificultad de integrarse a otras grupalidades. En esos casos, estas comunidades funcionan como un refugio identitario: ahí donde “todo lo que otros tienen y yo no” parece resolverse, aunque sea de manera precaria y peligrosa», dice.

Carolina Alonso vive en San Antonio de Areco y tiene dos hijos adolescentes. Todos los días debe lidiar y negociar sobre el uso del celular y las redes sociales. «Para poder controlar sus actividades virtuales uso el control parental, con todo lo que sucede en las redes yo necesito saber por dónde navegan. Ellos me piden que se los saque, es una discusión permanente. Cuando se juntan en una pijamada, pasan la noche jugando en red, nadie habla cara a cara con el otro más allá del juego. Es por eso que incentivamos que hagan deportes y pasen horas al aire libre con amigos. Como padres es muy difícil competir con el atractivo que ofrecen las redes sociales», dice. 

Para Quiñones Urquiza hay señales de alarma previas que dan los adolescentes cooptados por estos grupos: aislamiento repentino, el abandono de amistades habituales o la aparición de discursos que justifican hechos violentos, en algunos casos el bullying también puede actuar como factor determinante. «Cuando empiezan a decir cosas como “ellos se lo merecían” o “hay que ponerse en el lugar del asesino”, ya no estamos hablando solo de interés por un caso criminal. Hay una identificación y una justificación de la violencia», dice la especialista.


A la intemperie
Patricia fue docente durante 20 años en escuelas del sur del Conurbano bonaerense y, desde hace seis, dirige una de ellas. Desde ese doble lugar ‒el aula y la gestión‒ ensaya una reflexión sobre los procesos que, con el tiempo, fueron debilitando la capacidad de la escuela para alojar, contener y sostener a sus alumnos. Docentes mal pagos y atravesados por temas de salud mental y una crisis de ausentismo de maestros y alumnos: «La formación docente en muchos casos se vuelve insuficiente para afrontar la complejidad del aula. A esto se suman las malas condiciones edilicias y falta de recursos básicos: escuelas muy deterioradas, baños sucios, aulas en mal estado, bancos rotos, la comida que nos llega para los comedores es de baja calidad y escasa. En muchos casos, el espacio escolar es poco o nada atractivo. Y cuando los estudiantes llegan desde contextos igualmente precarios, la escuela no logra constituirse como un lugar diferente, un espacio que invite, que aloje, que habilite otra experiencia posible», dice. 

Las comunidades virtuales se transformaron en un territorio cada vez más violento y hostil, en donde muchos adolescentes se encuentran desprotegidos en entramados complejos, cambiantes y, muchas veces, difíciles de rastrear. Mientras tanto las escuelas, atravesadas por sus propias dificultades, intentan sostener un espacio de aprendizaje y contención.  

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