9 de julio de 2026
Con el Mundial como telón de fondo, llegan a las librerías relatos de Osvaldo Soriano y novelas que exploran desde la mitología urbana o el thriller el universo que gira alrededor del fútbol.

En mayo de 1918, cuando la ley del offside tal como la conocemos aún no existía, la revista argentina Atlántida publicó el primer cuento de fútbol en lengua castellana: «Juan Polti, half back». Lo escribió el uruguayo Horacio Quiroga y narra la historia de un joven que prueba «ese fuerte alcohol de varones que es la gloria» jugando para Nacional de Montevideo. Estamos hablando de Quiroga, el Poe rioplatense, por lo que el relato es tan bello como trágico. Cuando Polti advierte que su carrera entra en un ocaso irremediable, va al lugar donde ha sido feliz (el círculo central del campo de juego) y se pega un tiro en el pecho.
El subgénero inaugurado por Quiroga (e ignorado durante décadas por la «alta» literatura) se reactualiza a propósito del Mundial con la salida de Arqueros, ilusionistas y goleadores, el libro que reúne todos los relatos futboleros de Osvaldo Soriano y dos novelas: una de Eduardo Berti, La estrella y la memoria, y otra de Nicolás Gueilburt, Un soldado siempre está solo.
Soriano nunca pudo cumplir su sueño de ser el 9 de San Lorenzo, pero logró algo quizás más importante: darle al fútbol una centralidad literaria que antes no tenía. Y le puso también una tonalidad, que mezcla la nostalgia con la aventura y el humor. Ángel Berlanga, su biógrafo, compiló y prologó los relatos de Arqueros, ilusionistas y goleadores, entre los que hay clásicos como «El penal más largo del mundo» (que escribió para el diario comunista italiano Il Manifesto en el Mundial de México 86) y la saga de Míster Peregrino Fernández (Página/12, a partir de 1996).
«Soriano amaba el fútbol y no iba a renegar de él aunque para los ambientes literarios de prestigio fuera casi una herejía», explica Berlanga. «Fue, junto a Fontanarrosa y Sasturain, un fogonero de estas narrativas cuando eran pocos los que bancaban los trapos. La pasión por el juego desde la infancia, los personajes y paisajes del universo fútbol, la rebelión ante “el deber ser” y el amor por la literatura: ahí están los elementos que constituyen su narrativa futbolera».
Escritor, docente y especialista en literatura deportiva, Ariel Scher coincide con Berlanga: Soriano y Fontanarrosa legitimaron el deporte que despierta pasiones en el país. «Hay referencias en Bioy, Cortázar, Sábato, pero no aparece nítidamente como foco narrativo hasta mucho después», apunta. «En un libro insoslayable como Literatura de la pelota, de 1971, la antología de Roberto Santoro, aparecen más autores nacidos a fines de los 30 y principios de los 40 que de generaciones anteriores».
Catalizador de pasiones
Scher entiende que en los últimos tiempos ha habido una representación creciente del fútbol en la literatura nacional y, dentro de esta apertura, se enmarcan los libros de Berti y Gueilburt. Con una destacadísima obra premiada tanto en la Argentina como en Francia, donde vive, Berti adopta en La estrella y la memoria el formato de un guion de documental para desarrollar la mitología creada en torno a Eliseo Alegre, un hombre que decide no aprovechar los beneficios potenciales de su destreza extraordinaria con la pelota.
«El fútbol es como una lupa que me permite hablar de otros temas: la vocación, la amistad, el libre albedrío, la idolatría –explica Berti–. La idea detrás de la novela me vino hace 20 años como una cosa medio abstracta: ¿qué pasa cuando a una persona le toca un talento desmesurado para una actividad que no le interesa? Al principio no me llevaba a ningún lugar interesante, hasta que agregué otra pregunta: ¿qué pasa si ese talento es uno por el que la mayoría de la gente daría cualquier cosa? Fui tirando del hilo y casi de una manera lógica me apareció el fútbol. Hay algo épico en esta cosa de no usar las manos sino los pies, y la incertidumbre, que parece mayor que en otros deportes más racionales, como el básquet o el tenis. El fútbol es la dinámica de lo impensado, como decía Dante Panzeri».
Gueilburt, por su parte, es guionista (trabajó, por ejemplo, en El bonaerense, aquella gran película de Pablo Trapero) y en su novela debut, Un soldado siempre está solo, elige un terreno poco transitado en la literatura futbolera, el del noir. La trama: Burgos, árbitro de primera división, es enviado como castigo a dirigir una final regional en Rosario. Lo acompaña como juez de línea su amigo Trejo, poeta y ludópata, a quien conoció combatiendo en Malvinas. Una vez allá son apretados por gente pesada para que beneficien a uno de los equipos. El dilema ético se volverá, inevitablemente, un juego de vida o muerte.
Lector de autores canónicos del género negro del siglo XX (Chandler, Hammett, Chase), Gueilburt despliega con eficacia todos los recursos del policial criollo, con antihéroes, policías corruptos y amores imposibles. «Quería escribir una novela sobre fútbol sin caer en los registros más usados, como el humor o la añoranza. Lo central era contar el drama de un hombre que, primero en la guerra, luego en la cancha, debe ajustarse a reglas e instituciones que lo desafían. La forma de thriller fue surgiendo sola, a medida que escribía».
Otra particularidad de su novela es el protagonista: «Un árbitro es una bomba de tiempo: como los jugadores, también está a mil pulsaciones por minuto, pero la diferencia es que juega totalmente reprimido. ¿Qué pasa cuando se abre una grieta en esa represión?».
El fútbol, entonces, aparece como un formidable catalizador de pasiones: adentro de la cancha, afuera. Y, sobre todo, en el interior más profundo de las personas que mueven la pelota.
