Humor | Por Rudy

La ley y el Tobías

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Rudy

Rebequita y Tobías disfrutaban una merienda, cuando de pronto un rayo de sombra interrumpió la tarde. Eran los prolegómenos de «El huracán Rebequita» que se acercaba…

–Decime, Tobías de mi alma en pena, ahora cuando nos vayamos de acá, ¿nos vamos a despedir?

–Ay, Rebequita de mis encarnaciones ezcurras de rosas, ¡qué cosas decís!

–No te me vayas por las ramas púdicas aprovechándote de mi debilidad de género, que ya te conozco, machacoso mío. ¡Nos vamos a despedir? Cómo decía Massa ¡por sí, o por no!

–Ay, Rebequita, ¡siempre que nos vamos, nos despedimos, y que yo sepa, eso nunca te ha preocupado hasta ahora!

–Pues ahora me preocupa, pedazo de espécimen pleistocénico en celo, ahora me preocupa. ¡Ha cambiado la era geológica y él hace como si siguiéramos en el estado de bienestar! ¿Vos no te desinformás todos los días, Tobías? ¿No estás al tanto de las feiknius, las posverdades y los archirrumores que rigen nuestra vida cotidiana a falta de legalidad visible? ¿No sabés que todo ha cambiado en términos de nuestra relación laboral?

–Rebequita, la nuestra no es una relación laboral.

–¡Eso es lo que dice la patronal cuando no te quiere remunerar, Tobías! Apela a nuestros sentimientos más profundos de amor a la actividad proletaria, a nuestra pulsión a entregar nuestra plusvalía a cambio de un reconocimiento social pacífico, mientras por lo bajo confabula para alienar nuestros más elementales derechos. ¡La verdad es que vos me das mucho trabajo, a mí, y ahora me siento insostenida, precaria, en el limbo!

–Rebequita ¡no me digas que otra vez fuiste a la parroquia del padre Leondavidovich y te metió en la cabeza que en vez de la Trinidad rige la Cuarta Internacional!

–No, Tobías, no es eso. Quedate tranquilo que sigo siendo la misma agnóstica de siempre. ¡Y vos no me vengas con creencias arcaicas para escaparte de la adórnica actualidad! Antes, Tobías, si nos despedíamos, yo tenía derecho a exigirte una indemnización. Qué sé yo, un beso y un abrazo por cada año juntos, un fin de semana de vacaciones, un aguinaldo amoroso de vez en cuando… Pero ahora, con la nueva ley, en vez de trabajar juntos nuestro afecto, me siento una cuentapropista del deseo, sin derechos.

–Rebequita, yo te quiero.

–¿Me querés echar, me querés suspender una quincena, necesitas un tiempo de estar solo para saber si querés seguir produciendo amor o cerrás y te dedicás a las finanzas afectivas?

–Está bien, Rebequita, no nos despidamos, quédate conmigo.

–Ok… pero, las horas extras van aparte, ¿sí?

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