6 de marzo de 2026

Washington. Sede del BID, que sostiene que Argentina posee el mayor índice de «vulnerabilidad financiera».
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Los próximos vencimientos de capital de la deuda pública plantean un desafío al Gobierno argentino, en medio de las turbulencias en los mercados tras el ataque de Estados Unidos a Irán.
En todo caso, las condiciones externas no parecen ser las más convenientes para volver al financiamiento internacional, como tampoco ayuda en este sentido el panorama interno.
El banco estadounidense Wells Fargo, por lo pronto, colocó al país entre las economías con mayor exposición a un corte de los flujos de capital. La preocupación es compartida por otros grandes bancos de inversión, como el Citi, Morgan Stanley o el propio JP Morgan, donde hicieron carrera varios funcionarios del actual Gobierno argentino.
Por su parte, un reciente informe del BID sobre la región señala que la Argentina posee el mayor índice de «vulnerabilidad financiera», un indicador con el que el organismo busca evaluar el impacto de eventos externos negativos.
En todos esos análisis, más allá de la simpatía por el rumbo del Gobierno libertario, predomina la inquietud ante señales como el bajo nivel de reservas, el financiamiento externo caro, un tipo de cambio apreciado y una inflación que continúa elevada.
Características de la coyuntura que son la consecuencia, entre otros factores, de las políticas de liberalización extrema del comercio y del elevado endeudamiento externo de nuestro país.
Dólares
Urgido por la necesidad de divisas para no caer en default y cumplir las promesas hechas al Fondo Monetario Internacional, el ministro de Economía, Luis Caputo, pidió en un auditorio de empresarios que los dólares del colchón «se formalicen, vengan al sistema financiero».
Los datos muestran que el flujo va en sentido inverso. En 2025, la compra de dólares para ahorro sin fines determinados por parte de las personas alcanzó los 35.000 millones de dólares, un valor similar a la liquidación de divisas de los principales cultivos del complejo agropecuario en todo el año pasado.
Caputo, de todos modos, trató de generar expectativas favorables y confió en que «en los próximos cuatro años veremos un nivel de inversión que no se vio nunca», en alusión a los proyectos aprobados en el marco del régimen que contempla importantes concesiones y facilidades para los inversionistas. El ministro también expresó que «el mejor escudo ante los shocks externos es tener una macroeconomía ordenada, que es lo que estamos haciendo».
Cabría preguntar si ese supuesto escudo cubrirá a la mayor parte de la población, en caso de que los elevados precios de los hidrocarburos se trasladen a los combustibles locales.
En esta materia, hay que decir que la Argentina se autoabastece en términos energéticos, lo cual no es de casualidad, sino como producto de políticas de Gobiernos anteriores.
Y no hay razones para que se traslade la suba del barril de crudo en Londres al precio de la nafta y el gasoil que se producen internamente. En este sentido se requieren regulaciones que ayuden a desacoplar el precio local del internacional.
Si los precios internos se fijan por los valores mundiales, la población puede comprar menos y se vuelve más pobre. Esto se ve con claridad con productos como la carne y otros alimentos. Por eso en el pasado reciente se establecieron restricciones, como la obligatoriedad de que parte de la faena ganadera se reservara al mercado local, para evitar que la exportación encareciera y limitara el consumo interno.
Desplome
Se conoció en estos días un informe en base a datos de Naciones Unidas, según el cual la industria argentina registró la segunda peor caída a nivel mundial en el último bienio. Es imposible desvincular ese cuadro del modelo económico, financiero y social que se está instalando en el país, con unos pocos sectores (agrícolas, mineros, energéticos) que incrementan sus ganancias a expensas del resto de la sociedad.
En defensa de ese esquema, el Gobierno admite que cerrarán empresas y se perderán empleos, pero afirma que los resultados positivos superarán los costos, ya que el grueso de la ciudadanía se va a beneficiar comprando más barato.
Algo bien difícil de proyectar cuando lo que se observa es que la demanda se achica y la pérdida de empleos (en parte debida a la apertura importadora) coincide con la fuerte caída del poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones.
En definitiva, a esta matriz productiva le sobra mucha gente, porque los rubros que se fomentan no generan gran demanda de mano de obra. A lo cual se suma la decisión libertaria de impulsar la precarización laboral y reducir las capacidades estatales de atención de las necesidades de la población.
Con muy pocas variaciones, ya lo vivimos con José Alfredo Martínez de Hoz a fines de los años 70 del siglo XX, con Carlos Menem en los 90 y con Mauricio Macri más cerca en el tiempo, aunque en la actualidad la receta ultraliberal se está aplicando con una rapidez y una intensidad mucho mayor que en aquellas oportunidades. El único límite al ajuste en curso, como insisto en advertir, es la capacidad de resistencia de los ajustados. Es decir, las políticas regresivas terminarán cuando la gente diga basta.
