Mundo | FIN DE UNA ERA

Hungría, la caída de un ultra

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Tomás Forster

Viktor Orbán sufrió una derrota electoral que lo deja fuera del Gobierno y golpea a la ultraderecha mundial. La irrupción del conservador Péter Magyar y su impacto en Europa. Interrogantes por el vínculo con Trump y Putin.

Budapest. El candidato del partido Tisza, Péter Magyar, flamea la bandera húngara y arenga a sus seguidores, el 12 de abril.

Foto: Getty Images

Las elecciones parlamentarias celebradas en Hungría el último domingo se transformaron en una noticia de alto impacto, con fuertes resonancias a nivel internacional. El hasta ahora partido oficialista Fidesz, liderado por el primer ministro Viktor Orbán, que gobernaba con mayorías absolutas desde hace 16 años, perdió de modo apabullante con Tisza, una fuerza de centroderecha y pro-Unión Europea, encabezada por Péter Magyar, un ex-Fidesz que supo lograr un amplio y heterogéneo apoyo social. 

La nueva fuerza gobernante contará con una mayoría holgada con la que podrá modificar muchas de las medidas regresivas tomadas por Orbán, quien era hasta el momento el gobernante en funciones más duradero de toda la Unión Europea. 

Los pronósticos auguraban, en la previa, un escenario adverso para el oficialismo, y el estado de ánimo predominante de la sociedad húngara era de un ostensible hastío, con eje en la situación económica negativa, el deterioro de los servicios públicos y los sucesivos escándalos de corrupción protagonizados por el primer ministro y su círculo próximo. En particular, la creciente inflación y el estancamiento que afectan a este país de Europa Central desde que estalló el vecino conflicto entre Rusia y Ucrania resultó un factor de insatisfacción, incluso entre sectores rurales y semirurales, muy nacionalistas y tradicionalistas, que anteriormente habían apoyado a Orbán. Estos se sumaron a las clases medias de la cosmopolita Budapest, al movimiento feminista y al conjunto de las diversidades oprimidas por el llamado modelo iliberal de Fidesz –así denominan especialistas, y el propio Orbán, a un modelo político de mano dura que cercena derechos–, incluyendo a los jóvenes disgustados por la falta de libertades y de oportunidades laborales. 

De acuerdo con el especialista en política internacional Miguel Urbán, en un artículo que escribió para el diario Público, de España, el líder de Tisza logró «presentarse, desde hace meses, como una opción realista para derrotar a Orbán. Así, Magyar ha conseguido aglutinar votos de la derecha tradicional y también de votantes de la izquierda, que veían en él la única oportunidad real de vencer». 

Magyar construyó un eficaz discurso de campaña con eje en la lucha contra la corrupción y la recuperación del vínculo con la Unión Europea (tironeado en extremo por Orbán), combinado con la promesa de recuperar fondos congelados por Bruselas para relanzar la economía del país y otra, que se presenta más lábil, de aminorar paulatinamente la dependencia energética de Rusia. En este contexto, mientras la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, festejó que Hungría retomara «su camino hacia Europa», en contrapartida el Kremlin perdió con la salida de Orbán a su principal aliado al interior de la Unión Europea. 

Si en materia de reposicionamiento geopolítico se espera un abrupto viraje por parte de Magyar, no hay tantas expectativas de que eso sea así en relación con la agresiva política antimigratoria de Orbán, con una fuerte impronta islamófoba, algo esperable de parte de un líder emergente que se presenta como un conservador moderado, afín a las corrientes nacionalistas que predominan actualmente en este pequeño país, con apenas 10 millones de habitantes, pero con una lengua singular –cuyo origen no es indoeuropeo– y una ubicación estratégica en el paso de Occidente a Oriente.


Un duro revés
La derrota del líder de Fidesz representa un freno considerable al avance de la ultraderecha en Europa, que se queda sin uno de sus principales exponentes. Es que Orbán, con su dispositivo iliberal, se había convertido en una suerte de modelo a seguir para otros líderes reaccionarios. De acuerdo con el citado análisis de Miguel Urbán, «Hungría ha sido durante todos estos años un lugar neurálgico para la extrema derecha del continente. Desde Budapest se exporta doctrina política, se forma a nuevas generaciones y se ofrece apoyo logístico y económico a toda la red de partidos ultraderechistas europeos».

Caras largas. El primer ministro Oán tras reconocer la derrota que puso fin a 16 años de mandato.

Foto: Getty Images

Tal relevancia tenían las elecciones húngaras que Donald Trump, en medio de la guerra que Estados Unidos mantiene con Irán, envió a su vicepresidente J.D. Vance a participar del cierre de campaña. Vance, en dos semanas, fue la cara visible de dos sonoras frustraciones que lo dejaron debilitado de cara a su potencial proyección como figura presidenciable del movimiento MAGA: de su aparición junto a Orbán a su mal paso encabezando la delegación de Estados Unidos en las negociaciones fallidas que se dieron con Irán en Pakistán, hace poco.

En la misma línea que Vance, anteriormente el presidente argentino Javier Milei viajó especialmente –y por 24 horas– hasta Budapest con el objetivo de rendirle pleitesía al ahora premier saliente de Hungría, en la previa a la elección en la que resultó vapuleado. 

En este marco, la derrota de Orbán profundiza el mal momento que vive la ultraderecha, afectada últimamente por una serie de reveses: desde las sonoras derrotas que tuvieron los candidatos republicanos en las elecciones estaduales del año pasado, pasando por el revés reciente de la extrema derecha de Chega en Portugal a manos del socialismo, al freno en las elecciones al ultranacionalista Janez Jansa en Eslovenia, a la buena performance de la izquierda francesa en las elecciones municipales y el retroceso del lepenismo. También se suma la derrota de Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, en un referéndum con el que intentó una reforma constitucional.

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