Política

El norte como brújula

Tiempo de lectura: ...
Alberto López Girondo

Mientras Adorni concentraba la atención pública, el Gobierno profundizó su alineamiento con Estados Unidos y avanzó en el desguace de políticas estratégicas como la integración regional, el desarrollo nuclear y la soberanía tecnológica.

Amigos son los amigos. El embajador estadounidense Peter Lamelas y su esposa recibieron a Milei y su hermana Karina, secretaria General de la presidencia.

Foto: @OPRArgentina

En básquetbol se llama «cortina» al bloqueo de un jugador para impedir la acción de un contrario y cubrir una maniobra de un compañero libre. En fútbol, «arrastrar la marca» consiste en desplazarse sin pelota para descolocar al adversario, mientras la jugada que entrañaría peligro transcurre en otro sector del campo.

Hasta hace una semana la pregunta de los analistas de la política argentina era por qué Manuel Adorni no renunciaba, o de otro modo, por qué el presidente no lo echaba de la jefatura de Gabinete.

Si se revisa la trascendencia de algunas jugadas que se fueron desplegando en el mientras tanto, la respuesta podría ser que el polémico funcionario se llevó todas las marcas. O hizo de una monumental cortina detrás de la cual el Gobierno avanzó decisiones y consolidó alianzas que llevan a la disolución del país que construyeron las generaciones precedentes.

Un ejemplo de esto que se dice es la asistencia de Javier Milei a una celebración adelantada del cuarto de milenio de la independencia de Estados Unidos en la sede de su embajada en Buenos Aires. Es cierto que el número, 250, tiene su magnitud, sobre todo en el contexto de las políticas agresivas de Donald Trump hacia esta parte del planeta.

Pero nunca un presidente argentino en ejercicio había asistido a ese edificio, por una cuestión de las formas que el cargo exige.

El embajador Peter Lamelas celebró como «¡El rugido de la libertad!» al encuentro con quien definió como su amigo, y afirmó que bajo el liderazgo de los dos mandatarios «la relación entre nuestros países nunca ha sido tan fuerte», augurando un promisorio «MAAGA» (por «Hacer grande a EE.UU. y a Argentina nuevamente»).

Aplicando esa ley física de que no se puede estar en dos lados al mismo tiempo, aunque se trate de dos sitios cercanos, ese mismo martes el inquilino de la Quinta de Olivos pegó el faltazo a la 68ª Cumbre de presidentes del Mercosur, en Asunción. Es conocido el objetivo libertario –en coincidencia con Washington– de destruir la asociación regional. Pero en esa ausencia se podría agregar un coletazo de su inefable voluntad de interferir en las elecciones presidenciales de Brasil. Envalentonado quizás porque ultraderechistas apoyados por Trump –y Milei, por supuesto– ganaron en Chile, Honduras, Colombia y también en Perú, el jefe de Estado argentino había recibido al candidato opositor Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por golpista. 

No era cuestión de tener que verse cara a cara con Lula da Silva, que no es de callarse la boca precisamente. Como que en la capital paraguaya el brasileño lanzó un mensaje para nada velado: «Nadie es dueño de América del Sur». Una lectura apurada podría indicar que el exdirigente metalúrgico se refería a Trump. ¿Será así? Veamos.

Acostumbrado a la reverencia desvergonzada a quien ayudó a que la gestión anarcocapitalista no desbarrancara en las elecciones parlamentarias de octubre pasado, un día antes Milei había tenido un gesto igualmente lesivo para la soberanía y peligrosa para los intereses nacionales en la Conferencia de Latinoamérica de la Fundación Aliados de Israel que se desarrolló en el Alvear Icon Hotel de Puerto Madero.

Allí, pretendió asumirse como responsable de «unificar a Latinoamérica del lado correcto» –mensaje para Lula– detrás de los Acuerdos de Isaac.

A continuación, Milei se puso bíblico y –guiño al primer ministro Benjamin Netanyahu– dijo que «Amalek no es el personaje de una sola batalla. Es una forma de mal que vuelve en cada generación con un nuevo rostro. En el pasado fue el faraón. Luego vinieron otras formas de antisemitismo, que culminaron en el Holocausto. Hoy es el régimen de Teherán, Hamas, Hezbollah y la red de cómplices que los sostiene».


Vaciamientos planificados
No solo en estos ámbitos venía jugando el Gobierno mientras la noticia era el «problema Adorni» y sus secuelas. Sin ir más lejos, el canciller Pablo Quirno posteó orgulloso la inminente firma de otro documento que sin discusión parlamentaria incrementa la sumisión argentina a estrategias estadounidenses. Se trata de la llamada Pax Silica, que según el ministro de Relaciones Exteriores «es una coalición internacional impulsada por los Estados Unidos cuyo objetivo es asegurar las cadenas de suministro para inteligencia artificial y tecnologías avanzadas». En palabras menos vanas, se trata de garantizar, a Estados Unidos, el acceso y procesamiento de minerales críticos –litio y tierras raras– imprescindibles para la fabricación de hardware tecnológico. Básicamente es una coalición para impedir el acceso de China a esos insumos estratégicos.

En esa misma línea se entiende el vaciamiento de la capacidad tecnológica nacional en un área en que la ciencia argentina es de primer nivel, como el sector nuclear. Esta semana, un batallón de Gendarmería arremetió contra un centenar de trabajadores despedidos en la sede de la CNEA del barrio porteño de Núñez. Ni qué decir de la represión a investigadores y becarios del CONICET en el Polo Científico, en Palermo. Es que, como dice Carolina Komar Varela, investigadora y delegada de ATE–CNEA, para los «amigos» del exterior, Argentina no puede tener este tipo de desarrollo.

Para evitar futuros «desafíos al orden occidental», seguramente lo mejor es llenar esos espacios con personal sin ninguna preparación en el rubro, como denuncias las comisiones internas de esas áreas. Otro modo es aprovechar a precio de ganga el conocimiento que la sociedad fue bancando por décadas tanto en preparación de personal como de fabricación de elementos. ¿Cuánto aceptaría cobrar en una empresa privada un técnico o ingeniero especializado que se queda en la calle? Es así que el Super-RIGI, ese proyecto que con el supuesto objetivo de convocar a inversiones cede aportes y obligaciones mínimas, podría terminar sirviendo para que una empresa privada construya una central atómica con un diseño nacional en Atucha y con personal altamente calificado a un costo bajísimo para los valores de ese mercado tan particular.

De hecho, el Gobierno anunció con bombos y platillos la construcción de un reactor de Generación III, el ACR-300, con una potencia de 300 MW, desarrollado por el INVAP de Río Negro. El proyecto está encabezado por Meitner Enegy, una firma con sede en EE.UU. que integran Black River Technology (filial de esos lares de INVAP) y el Ansari Group. Constituido en Canadá, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos, se presenta como una «firma de consultoría boutique global» fundada por el multimillonario Hamid Ansari, nacido en Irán, pero ciudadano estadounidense desde su infancia. Como quien dice, es un iraní «potable» para los aliados de Milei.

La inversión prometida es de 1.200 millones de dólares y dicen los que saben que es un proyecto First of a Kind (FOAK, primero en su clase) de este diseño a nivel mundial. Lo que conlleva el riesgo de salir a la cancha sin un período de prueba previo. Nucleoeléctrica Argentina, según la propuesta, conservaría el derecho y la responsabilidad de conservar la operación y el mantenimiento de la central una vez que la planta entre en funcionamiento.

Estás leyendo:

Política

El norte como brújula

Dejar un comentario

Tenés que estar identificado para dejar un comentario.